Gaby Grobocopatel

La obra es el relato de un fragmento, de una historia subjetiva, de una preocupación, de un deseo, de un pensamiento. Como decía Foucault: escribo para cambiarme a mí mismo y para no seguir pensando lo mismo que pensaba.
El arte es un enigma, análogo a lo que la Esfinge le plantea a Edipo, y es el comienzo de la búsqueda de ¨una verdad¨.

Razón suficiente para contar una historia en una experiencia estética.

Gaby Grobo arroja señales inadvertidas, gestos de un paisaje íntimo y rotundo, aunque la estructura surja de lo real. Se reconoce una voluntad activa de historias privadas en ámbitos públicos, reforzando el concepto de intimidad / extimidad.

Por un lado reivindica el silencio en una sociedad invadida por el ruido, por otro, los cielos presuponen un ruido atronador. La experiencia es física, pero con una intensa carga psíquica.

El discurso apoyado en la realidad del paisaje rural propone una reflexión semántica de espacios desolados, reinventados, teatrales.
Sus paisajes remiten a emociones, recorridos, alegorías de lo real, en un diálogo con la naturaleza tan intenso que se crea una poética propia al manifestar un lenguaje que surge de la memoria, proponiendo una actitud narrativa que establece referencias del pasado y de futuros posibles.

Como la obra de John Cage La noche peligrosa; en sus propuestas pictóricas, hay algo inquietante que acecha, una tranquilidad aparente donde se percibe que algo está por suceder. Una tranquilidad que preanuncia el caos, la complejidad del mundo natural que nos rodea.

Un paisaje humano, sin humanos que han dejado un rastro, el fantasma.

Un road movie que pasa sin detenerse, la vida del viajero/viajante, que congela instantáneas de vida, de historias, de recuerdos y de paisajes.

La horizontalidad infinita del paisaje, la verticalidad de los alambres, las fortissimas diagonales, los nudos, los remolinos, organizan un alfabeto propio.

Mediante su ritualidad confirma la riqueza y la certeza de un discurso personal.
Inmortaliza un presente duradero que nos va a trascender, y que va a sumar el rastro que deja su mirada una y otra vez.

Rainer Maria Rilke escribió que el comienzo de un recuerdo coincide con el esfuerzo de olvidarlo y así retorna hecho obra, un sabor infantil, una mirada, una tarde de sol. El movimiento y la quietud, un oximoron constante que se observa en cada una de sus obras.

El tratamiento de la luz revela una vergüenza crepuscular, horizontes bajos, raíces que rugen como queriendo emerger de la tierra.
Los colores intensos, enérgicos, contrastantes, las veladuras, y el movimiento, las pinceladas cortas, democráticas revelan un tratamiento decisivo y gestual.

Contraposición violenta en los cielos apocalípticos, con diagonales estremecedoras y una calma línea de horizonte.

Los nombres de las obras acercan una sensación que invita al recorrido: Se deja llevar, Donde van los sueños, Forzada a partir, La noche me lleva con ella, Mientras la luz apuñala la tierra…

Adriana Budich
Licenciada en Artes Visuales
Master de Cultura Argentina
Textos curatoriales